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El Survival Horror.

El Survival Horror.

Fui incapaz de terminar el primer Silent Hill al primer intento.

Últimamente ando falto de inspiración. Gran parte del problema radica en el escaso tiempo del que dispongo para jugar en estos días. Pero, por suerte, termine sacando un tiempo para dedicárselo a algo que me dio un pequeño empujón, y que me inspiro… He aquí el resultado, en esta oportunidad, el empujón me lo ha dado el mes de Octubre, el mes del terror. ¿Y que mejor terror, horror, miedo y pare usted de contar, es el que se puede sentir al frente del televisor, con el control entre las manos? Cualquiera que se considere un gamer, tiene que conocer el genero del Survival Horror. Ojo, no estoy escribiendo estas líneas para hablar de un título en concreto o de un género que está a punto de morir. No señores; lo que pretendo es ir un paso más allá utilizando un poco lógica. Y es que en los últimos años, he ido observando como cambia la manera en que “sobrevivimos al horror, siendo este precisamente el tema principal, que hoy, que me gustaría exponer,—en honor al mes del terror— de una forma, un tanto particular.

Si algo he podido comprobar, es que la manera en que cada persona afronta un juego de este genero —aunque también, se puede llevar a otros géneros—, y es que en muchas ocasiones, es un reflejo del modo en que afronta el resto de sus miedos e inquietudes. No sólo en un videojuego, sino en el resto de aspectos de su vida. En el fondo, es una conclusión bastante evidente de la que me dí cuenta hace varios días cuando decidí ponerme una vez más en las botas de Heather Mason —Protagonista del Silent Hill 3 y darme una paseito, por el neblinoso pueblo de Silent Hill. Sorprendiéndome a mí mismo de manera inesperada. Y es que debo admitirlo; tardé años en atreverme a jugar un Survival Horror, ya estaba algo grande cuando jugué mi primer titulo de Horror. La primera vez que intenté terminar el primer Resident Evil, podía pasar horas dando mil vueltas en el mismo lugar, sin avanzar en lo absoluto. Me daba miedo cambiar de sala pensando qué habría detrás de esa puerta chirriante y pixelada, y me angustiaba no saber qué acecharía en la sala contigua, y en muchas ocasiones si salía, volvía corriendo a la “zona de confort” con la cola entre las piernas. Pero aún así, lo intentaba. No sé si fue por puro masoquismo. Con el tiempo, terminé por acostumbrarme y convencerme a mí mismo que para hacer el idiota dando vueltas dentro de la misma sala, mejor apagaba la consola; pero como esa hubiera sido la opción fácil, me prometí terminarlo aunque fuera con pañales. Y lo logre; lo terminé y quedándome con ganas de más, me fui directo a la segunda entrega, Resident Evil 2.

Con Resident Evil 2 ya conocía como era la mecánica, estaba, por así decirlo, del algún modo “prepara para todo”, y pesar de que me lleve un susto en más de una ocasión, no fue ni de cerca, lo que sentí con el primer título de la mítica saga de Capcom. Y fue entonces, cuando apareció por primera vez Silent Hill; dispuesto a demostrarme que aún tenía mucho que aprender a la hora de enfrentarme a mis demonios. En lo personal, una de las mayores fortalezas de Silent Hill, —en el momento de su lanzamiento— fue la de ponernos en el papel de alguien normal, —como tu o yo una persona común y corriente que, a diferencia de los protagonistas de Resident Evil y entre muchos otros aspectos, se encontraba desarmada y desvalida ante una situación que desconocía por completo. Para terminar con lo de Resident Evil, me aferré al hecho de estar manejando a un tipo que iba armado y que tenía experiencia en el combate por mucho que al fin y al cabo fuese yo el que lo controlaba. Pero ¿en Silent Hill? En Silent Hill, las cosas eran de otra forma, empezabas con una pistola con 3 balas —y encima, Harry no sabia ni apuntar bien y una dichosa radio que no hacía más que agravar mi estado de nerviosismo y horror que me ocasionaba cruzar una puerta. Tampoco solucionaba nada quedarse parado en un sitio, no sólo por el hecho de estar haciendo el imbécil una vez más, sino porque ninguno de ellos transmitía tranquilidad.

Fui incapaz… de terminar el primer Silent Hill al primer intento; y muy a mi pesar de que lo intente, —a plena luz del día— no lo logre, no fue sino hasta años más tarde cuando decidí ponerle fin de una vez por todas. Lo terminé y como en el caso de Resident Evil, me fui a su secuela directa. —mi preferida sin duda alguna—Pero a diferencia de lo que me pasó con los títulos de Capcom, la tercera visita a Silent Hill fue incluso peor que la primera… Me movía porque sabía que tenía que hacerlo pese a que la dichosa radio me sacaba de mis casillas. Más adelante, me di cuenta de algo. Realmente no eran las imágenes desagradables o el ambiente OPRESIVO lo que me hacía pasarlo tan mal, sino el hecho de ser yo quien tuviera que decidir qué hacer en esa situación. Y esta conclusión llego a mi tras ver jugar a un amigo. Él estaba tenso, pero en cambio yo, me limitaba a disfrutar viendo como jugaba animándole incluso a continuar cada vez que se tiraba más tiempo del necesario en un sitio en concreto; o en otras palabras, animándole a hacer lo que yo no me atrevía. Algo de lo que era consciente única y exclusivamente cuando llegaba a casa y me ponía al mando del personaje

La cuestión es que como dije unos párrafos más arriba, el otro día al jugar Silent Hill 3 en mi computadora, me sorprendí a mí mismo dándome cuenta de algo. Avanzaba sin miedo entre la niebla, la radio; más que ponerme nervioso, me parecía una excelente aliada, y más allá de pensar que sólo tenía un tubo con la que golpear a los enemigos deformes pensaba: “¡al menos tengo un tubo!”. Estuve un buen rato jugando hasta que me cansé. Pero como viene siendo habitual, algo empezó a gestarse en mi retorcida y reflexiva cabeza; que me hizo visualizar perfectamente como nuestra actitud frente al miedo en general no sólo en videojuegos— cambia con el paso de los años y los acontecimientos a los que nos vamos encarando. Esta reciente partida a Silent Hill, me sirvió para darme cuenta de que sea cual sea el motivo, con los años aprendes que los miedos, están ahí para afrontarlos. No sirve de nada intentar darles esquinazo puesto que tarde o temprano tendrás que enfrentarte a ellos, y cuanto antes lo hagas, mejor. El miedo estanca, impidiendo el avance, igual que en los Survival Horror. Hay que atreverse a salir de esa sala segura, por mucho miedo que nos dé salir de la zona de confort en la que tan a gusto estamos;  tarde o temprano, nos tocará hacerlo, y si algo he aprendido,  es que es preferible hacerlo por voluntad propia. Cuando llega el momento de enfrentarse a lo desconocido, hay que hacerlo dejando atrás la predisposición negativa de que la cosas puedan salir mal. Puede salir mal, por supuesto que puede hacerlo, pero no por ello debemos quedarnos dando vueltas sobre el mismo punto, porque la mayoría de las veces saldrá bien, y entonces será cuando nos arrepintamos de no haberlo hecho antes. Consiste en seguir avanzando, consiste en echarle agallas aunque cueste. Deja atrás tu zona de confort; porque más adelante habrá otra esperándote mejor que la anterior, y entonces, te darás cuenta que merece la pena atreverse a intentarlo.

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Defalt

Soy la combinación perfecta de irracionalidad y racionalidad. Me gusta quejarme y no hacer nada.

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